Durante años, a Robert Hansen su comunidad lo vio como un hombre tranquilo, amable, padre de familia, exitoso comerciante y apasionado por la caza.
Dueño de una panadería reconocida en Anchorage, Alaska, y con una vida aparentemente ejemplar, nadie imaginaba que detrás de esa imagen respetable se escondía uno de los criminales más crueles y aterradores de la historia de los Estados Unidos, conocido hoy como “El Panadero Carnicero”.
Entre 1971 y 1983, Hansen mantuvo en vilo a la región al secuestrar al menos a 17 mujeres, de edades comprendidas entre los 16 y los 41 años.
Su modus operandi era escalofriante: llevaba a sus víctimas en su propia avioneta privada hacia zonas remotas y despobladas del estado, las liberaba en la naturaleza y luego las perseguía y cazaba como si fueran animales, utilizando rifles y arcos.
Marcaba meticulosamente en un mapa cada lugar donde cometía sus crímenes y donde enterraba los cuerpos, además de guardar objetos personales de las mujeres como siniestros “trofeos”.
El hilo que lo descubrió
El caso comenzó a desmoronarse en 1983, cuando una de las víctimas, Cindy Paulson, logró escapar y pidió ayuda a un camionero, dando una descripción detallada de su agresor.
Al principio, la policía no le dio crédito, pues la reputación de Hansen era intachable, y incluso pensaron que él era la verdadera víctima. Sin embargo, un investigador detectó inconsistencias en su relato y comenzó a presionarlo.
Cuando se presentaron pruebas físicas irrefutables, Hansen decidió cooperar plenamente. Confesó los 17 asesinatos y guio personalmente a los investigadores en su avioneta hasta cada una de las fosas esparcidas por el inmenso territorio de Alaska, señalando sitio por sitio.
Gracias a esta colaboración, logró un acuerdo con la fiscalía: una condena de 461 años de prisión y cadena perpetua, que cumpliría en un centro federal, evitando así la prisión estatal.
El final y su legado
Permaneció recluido bajo custodia federal hasta su fallecimiento, el 21 de agosto de 2014, a los 75 años de edad. Todavía se conservan como evidencias el mapa con las ubicaciones de sus crímenes y la propia avioneta que él mismo pilotaba para llevar a cabo sus ataques, utilizada por los peritos para confirmar cada punto indicado en su confesión.
Su historia, que mezcla la apariencia de vida común con una brutalidad extrema, ha sido objeto de libros, documentales y películas, convirtiéndose en un caso de estudio obligado en criminología, bajo la reflexión de que a veces los vecinos más tranquilos pueden esconder los secretos más terribles.
Fuente: @blogforense
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