Cada par de manos que pueda mover un escombro, cada palada, cada dron que sobrevuela en busca de sobrevivientes, cada minuto. Todo cuenta.
En La Guaira, la principal región afectada por los dos terremotos que asolaron Venezuela la tarde del pasado miércoles 24 de junio, la evidente devastación se une a la desesperación de quienes pudieron contarlo y buscan a sus seres queridos.
Alrededor de los escombros se reúnen vecinos, muchos de ellos con mascarillas, en busca de pertenencias, a la escucha de posibles ruidos que indiquen dónde hay alguien con vida.
Los dos fuertes sismos que sacudieron Venezuela lo hicieron con apenas segundos de diferencia y con magnitudes de 7,2 y 7,5, siendo este uno de los más intensos registrados en el país en el último siglo.
Centenares de edificios colapsaron y, bajo los escombros, hay miles de venezolanos.

La cifra de fallecidos y heridos aumenta con el paso de las horas, y la ONU estima que alrededor de 50.000 personas se encuentran desaparecidas.
Los equipos de rescate nacionales parecen escasos, aunque poco a poco se van sumando esfuerzos de rescatistas internacionales provenientes de países como México, España o Reino Unido.
Sin embargo, eso aún no alcanza.
Las agencias de ayuda humanitaria consideran que las primeras 48 a 72 horas son un período crucial para rescatar a las personas con vida, aunque este plazo puede extenderse si tienen acceso a alimentos y agua.
«Cada persona salvada es un milagro», dijo Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional. «No vamos a ocultar absolutamente nada sobre la magnitud de esta tragedia».
Sin embargo, los venezolanos tomaron la iniciativa en la búsqueda de sus seres queridos desaparecidos, alegando la escasez de rescatistas gubernamentales.
Es en los rincones a los que no llegan los expertos, donde los vecinos de La Guaira, armados con lo que pueden, tratan de rescatar a los suyos mientras el clamor es pedir al Estado mayor presencia.
«Es imposible rescatarlo sin maquinaria»
En Catia La Mar, una de las poblaciones dentro del estado La Guaira, el panorama es desolador. Son pocas las construcciones que quedaron en pie.
Residentes sin cascos, sin protección de ningún tipo, se encaraman a edificios enormemente dañados para, con sus manos desnudas, tratar de mover escombros y rescatar a posibles sobrevivientes.
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