El domingo 17 de mayo, el calor de la tarde en San Carlos no bastó para disipar la sombra de un nuevo feminicidio. En el sector La Herrereña, justo en las inmediaciones del Núcleo de Desarrollo Endógeno (NEC), el cuerpo sin vida de Norbylys Oviedo, de 35 años, quedó tendido sobre la tierra manchada por un arma blanca.
Había decidido rehacer su vida sentimental mientras él cumplía condena. Pero el hombre, cuyo nombre no ha sido revelado oficialmente, no lo soportó.
Desde el centro penitenciario, los mensajes de texto comenzaron a llegar: amenazas directas, promesas de sangre para cuando recuperara la libertad. Norbylys los leyó con miedo, pero quizás también con esa rara esperanza de que las palabras se quedaran solo en palabras.
Pero, no fue así.
El agresor salió de prisión hace apenas un mes. Tenía una «condena previa», según los primeros informes policiales, pero eso no fue obstáculo para que, con la libertad recién estrenada, rastreara a su expareja y cumpliera la advertencia que repitió durante su reclusión: atentaría contra su vida.
Ese domingo, la encontró en La Herrereña. Los vecinos cuentan que no hubo tiempo para gritos. El arma blanca hizo su trabajo rápido, certero. Cuando las comisiones policiales llegaron al lugar, el victimario aún no había huido. Fue capturado de inmediato, casi como si hubiera esperado ser detenido, o como si no le importara.
Funcionarios del CICPC acudieron para el levantamiento del cadáver y la recolección de evidencias. Sobre el suelo, junto al cuerpo de Norbylys, quedó también la crudeza de un patrón que se repite: ella intentó avanzar; él, desde el rencor y la celda, decidió que no.
El detenido fue puesto a disposición del Ministerio Público. Mientras tanto, en San Carlos, la pregunta flota en el aire caliente de la tarde: ¿por qué un mes de libertad bastó para ejecutar una amenaza que nunca debió existir?
Fuente: noticias24hrs
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