Bajo la batuta técnica de Chevron y con el respaldo del mercado estadounidense, la industria petrolera venezolana intenta dejar atrás años de colapso. Francisco Monaldi, referente del análisis energético y director del Programa de Energía para América Latina del Instituto Baker de la Universidad Rice, vislumbra un escenario de crecimiento sostenido sustentado en un nuevo esquema de pragmatismo operativo y flexibilidad fiscal.
En las refinerías de la costa del Golfo de México, el crudo pesado venezolano ha sido históricamente una pieza clave. Tras años de ausencia, sanciones y estancamiento productivo, el sonido de los tanqueros cargando en los terminales orientales y occidentales del país vuelve a marcar el pulso de una economía urgida de su oxígeno natural.
No se trata únicamente de bombear barriles: es la señal inequívoca de que el pragmatismo, al menos en el ámbito energético, comienza a imponerse sobre la ideología.
Para descifrar este rompecabezas de licencias, válvulas y geopolítica, pocas voces resultan tan autorizadas como la de Francisco Monaldi.
Su exposición abrió el foro “Las nuevas perspectivas económicas 2026”, convocado el pasado martes en Caracas por Ecoanalítica, donde se trazó un diagnóstico sobrio sobre el presente y el futuro de la principal industria del país.
Monaldi no estuvo solo en el ejercicio de pensar a Venezuela. El panel reunió el análisis político de Félix Seijas, director de Delphos; la visión estratégica de la analista estadounidense Amanda Mattingly; y la profundidad económica de los directivos de Ecoanalítica, Pedro Palma, Alejandro Grisanti y Graciela Urdaneta. El consenso, sin estridencias pero firme, fue claro: una ventana de oportunidad vuelve a abrirse.
El factor Chevron: el músculo que mueve la aguja
La recuperación que hoy exhibe el sector no es fruto del azar, sino de una apertura cuidadosamente condicionada. Monaldi es enfático al señalar que el repunte productivo de los últimos meses responde a un motor principal.
El incremento de la producción registrado entre 2023 y 2024 —que permitió superar el estancamiento posterior a la pandemia— provino en más de 80 % de las operaciones de Chevron, amparadas bajo su licencia específica otorgada por Estados Unidos.
Este giro ha reconfigurado la estructura de poder dentro de la industria. La otrora todopoderosa Pdvsa ha pasado a desempeñar un rol distinto. De acuerdo con Monaldi, la estatal se ha convertido en un “participante muy menor”, más cercana a una entidad que administra contratos que al gran operador soberano que dominó el sector durante décadas.
Esta cesión del control operativo ha sido clave para reactivar campos y pozos que parecían condenados al abandono.
El silencio de los taladros y la sed del Golfo
Pese al renovado optimismo, el camino hacia la ambiciosa meta de tres millones de barriles diarios sigue siendo empinado. Monaldi recuerda con cifras contundentes la magnitud del deterioro acumulado: durante los años de la apertura petrolera, Venezuela llegó a operar hasta 121 taladros activos; hoy, la actividad se reduce a apenas un puñado de equipos, mayoritariamente bajo la operación de Chevron.
El aumento de la producción, subraya, no ha sido consecuencia de una nueva ola masiva de perforaciones, sino del aprovechamiento de la capacidad ociosa y la rehabilitación de pozos existentes, una estrategia que permite ganar tiempo, pero que también evidencia los límites estructurales del actual modelo.
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